El Corral

Capítulo 1

El sobre decía mi nombre. Para Carlos Matute. Dentro del mismo una carta a mano, algunas letras estaban mojadas, la ortografía era mala. Parece que fue escrita por unos dedos temblorosos. A penas unas cuantas líneas en su interior.

“Hola Carlos. te estoy inbitando a la boda de mi hija.. es el día del 28 de Enero cuento mucho con tu precencia y a poyo. mi Familia te lo va agradeser mucho. Ace tiempo que no se de vos pero me dijieron qe estavas en el periódico. Qe te valla bien, ay venis. Se casa con ediberto”. Iván Matute

Al final, aparecía un sello con título de Presidente del Consejo Comunal de San Carmencio. La firmaba el mismo Iván Matute. Me recliné sobre mi silla. Respiré profundo, con una sensación de lejanía y nostalgia. Hacía memoria; tantos años han pasado. Iván. Veía su rostro de lejos, desde el asiento del bus. Me bajó la mirada. Yo la bajé igual. Tomé el sobre de nuevo, lo revisé por delante y detrás.

– ¡Martha! ¡Martha! ¿vos sabes cuando llegó este paquete?

– Ya te dije que no soy tu secretaria, Carlos. Si querés, anda preguntale a Josesito.

– Por ayudarme no te vas a morir.

Josesito, el de la recepción, es medio tarado y nunca recibe bien los mensajes. A ver si sabe algo. Dejé mi pendiente en el escritorio y me salí de la habitación. Mientras caminaba el sonido hipnótico de decenas de dedos martillando los teclados se iba apagando. Me aproximaba al cuchicheo y bulla de la entrada. El piso de redacción siempre está así los viernes por la mañana.

– Disculpe, ¿…qué si sé qué, licenciado?

– El hombre que vino a dejar este sobre, le grité, qué si sabes cómo era.

– ¿Cuál sobre?

– Pues este sobre que tengo en la mano, que no ves.

–  ah sí, sí…fíjese en las sillas, a ver si está ahí todavía. Lo está esperando desde la mañana.

– ¿Quién me está esperando?

– El que trajo el sobre.

Otra vez mi piel se alertó. Estaba aquí. Mi mano en automático se deslizó por mi pierna derecha. Tenía que verlo. Me di la vuelta y fui directo a las bancas de la entrada.

Nada. Dos viejitas que vienen a cobrar el premio del crucigrama, el guarda, Miguel, leyendo el periódico, dos señores de saco y corbata, tres chavalos pegados a sus celulares y uno dormido. Me regresé.

– Josecito, ya se fue. ¿te acordás cómo era? Describímelo.

– ¿Se fue? Que raro, el joven dijo que lo iba a esperar hasta que saliera.

– ¿¡Un chavalo querrás decir!? No jodas, me hubieras dicho.

Me regresé sabiendo a quién tenía que buscar. El dormido. No me había fijado antes, pero era obvio. Vestido así nadie viene a buscar trabajo.

Corrí a los chavalos que estaban sentados a su lado. Que los llaman en la recepción, les dije. Me incliné para verlo mejor. Seguía dormido. La gorra tapaba la mitad de su cara. Se la quité lentamente. Pelo corto, castaño, una piel persa, bronceada por el sol, raspada por árboles, tropezones, piedras, machetes; no era flaco, pero se veía que entre el sudor y la milpa sus jóvenes brazos conocían el trabajo bruto; seguro creció alimentado con fríjoles, maíz y el humo de las cocinas. Olía a campo. Le di una buena ojeada. Realmente se parecían. Era como ver al pasado, ver lo que antes veía. Despertó. – Ey, vos…

Me quedó viendo. – Buenas. Ando buscando a Carlos Matute.

– Bueno, ya lo encontraste. ¿Y vos quién sos?

– Yo soy Carlos Matute Monsón, dijo. Mi papá es Iván Matute.

– ……si, si, ¡sos igualito a tu Papá! ¿Y tu mamá quién es?

– Estela del Carmen Monsón López.

– No jodas, tu mamá es la Estelita. Ese Iván es un bárbaro. ¿Y tu abuelo, cómo está don Pancho?

– bien.

– aaahhh …y es que viniste sin avisar…si hubiera sabido que venís le compro un whisky a tu abuelo. ¿Ya comiste? Te invito a desayunar algo.

– no…bueno. Gracias.

– Vamos, entonces. A la vuelta de la esquina venden algo decente. A ver qué se trae este chavalo.

– …aja, chavalo, contame, ¿qué andas haciendo por aquí?

– Mi papá me dijo que le diera la carta.

– aja, bueno, sí, no tenías que venir a dejarla. Decile a tu viejo que ya hay correo, que no hace falta que volvas a venir.

– …

– O sea, que no me tenías que esperar para eso, pues. Pero decile que muchas gracias.

– Bueno, yo le digo. Mi papá me dijo que le dijera que usted viniera conmigo.

– ¿Cómo? ¿Hoy? No, no, no. Ese tu papá está loco. ¿Cómo me voy a ir así, cómo si no trabajara yo? Además, todavía no he dicho que voy a ir.

– …

– ¿te gusta la comida? ¿habías comido hamburguesa antes?

– si.

– no está mal esta, pero te digo que si me hubieras avisado con tiempo yo te preparo unas cositas, no sé, algo para tu mamá, para tu abuelo. Te doy buena comida, no jodas, vos crees que así voy a tratar a mi sobrino. Termina de comer y luego nos vamos a la casa.

– bueno.

 

En la casa.

– Ponete cómodo. Mi cuarto es el que está detrás de esa puerta. Vos te podes dormir en la sala. La casa no es grande, pero al menos tiene comida, electricidad e internet. Te podés conectar si andas wifi en tu celular.

– ¿qué es guifi?

– a la puta…de plano que no sabes qué es… bueno, no importa. Voy a dejar estas cosas y te traigo una toalla, para que te bañés.

– ¿no tiene perros?

– …no me gustan los perros.

– a mi papá tampoco. A mi mamá sí, pero no nos deja tener uno.

– ¿la que se casa quién es, la lucía o la claudita?

– Claudia.

– alaputa, tan grande está. ¿Cuánto tiene, como 17? Yo la cargué de chiquita. Ah, tengo una foto de ella, mirá, aquí la tengo en el cuarto. También estás vos, pero en la panza de tu mamá.

Tomó el marco con rudeza, como se toma un palo o un tronco. Pero al ver la foto cambió todo, eso sí que era diferente. Sus ojos eran tiernos, parecía observar cada detalle, pero no los devoraba, no los escupía de inmediato; saboreaba cada espacio del cuadro, disfrutaba ver el pasado, verse a sí mismo antes de ser él. La imagen que yo tenía enfrente no mentía: esa mirada era pura. El niño no tenía disturbios en su mente, tenía una vida sana. Eso me consoló inmensamente. No quería decirle nada que perturbara su vida. Ahora lo veía más frágil, más infantil. Me recordó a Iván; tiene la misma mirada suave, apacible y tierna de Iván. Me la devolvió con fuerza, casi se le iba de las manos.

– ¿…tu papá no tiene esta foto, verdad? ¿No la habías visto antes?

– sí, no, tiene varias. esa no.

– a mí me regaló esta hace un montón. Hace mucho…

La foto mostraba a una familia joven, dos jóvenes criando más jóvenes. Sin sonrisas ni gestos de alegría. Aun así, algo se veía bien en la foto. Una cierta sensación de estabilidad me daba, no sé, algo que me decía que todo estaba bien. Aunque fuera falsa, yo me contentaba con eso. Era mejor que recordar la realidad.

– Tío, ¿y usted por qué ya no vive allá?

– ¿Qué, no te han contado? …No jodas, ya sabes.

– Mi papá lo único que contó fue que se ganó una beca y se fue. Nada más.

– ¿Ah sí? Pues entonces para que preguntas si ya sabes.

– …es que dicen otras cosas…

– ¿qué cosas dicen? ¡A mí me vale verga lo que digan! …¿Confías en tu papá?

– …si.

– ¡Entonces hacele caso!… Sos igual de curioso que él, ya te estoy viendo. Mejor ya bañate. Y luego agarra algo de comida en el refrigerador. Ahí tenés una televisión, pero no te desveles que mañana te tenés que ir temprano. Ni le subas mucho el volumen que tengo el sueño ligero. Solo se encogió de hombros y asintió. Si, muy parecido a su papá.

 

Por la mañana.

Cuando desperté ya estaba listo. La cama arreglada, sus cosas en orden. Tenía pocas, pero aun así las tenía listas.

– ¿No te costó dormir? ¿te dio calor?

– no. Dormí bien.

– aquí hace un calor jodido. Ni se parece allá.

– ¿se va a ir conmigo?

– no, no, no puedo, tengo que trabajar.

– pero hoy es viernes. La boda es sábado por la tarde. Le alcanza el tiempo.

– si serás terco. Que tengo que trabajar. Esta casa no se mantiene sola, le dije mientras la luz del día mostraba el relajo de ropa en el piso, los trastes sucios, cajas sobre papeles. El miró a su alrededor. No dijo nada al respecto.

– vaya tío, mi papá lo quiere ver. Y mi mamá también me dijo que viniera a la boda.

– …tu mamá te dijo eso. Recuerdo a Estela jugando ruedas en la calle, con sus hermanas y primas. Todas protegidas como un clan, una tribu donde los niños no podíamos entrar. La cara ruda de sus primas no daba ganas ni de hablarle, pero como era la más bonita, todos queríamos decirle algo. La estelita.

– es que además tengo que entregar un trabajo para el lunes. Y el viaje es largo, no me da tiempo en un día para volver.

– ahora la carretera está buena para viajar. Yo me tardé 15 horas solo.

– No jodas, 15 horas…está rápido. Cuando era de tu edad tomaba 22 horas para venir a la ciudad y eso si el camino estaba bueno porque cuando llovía no había quién entrara.

– ¿hace cuánto que no va, tío?

– …no sé, hace años. Como 17 casi.

24 respuestas a “El Corral”

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